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miércoles, 14 de noviembre de 2007

LA INQUISICIÓN (I): LOS ORÍGENES.

El término inquisición (Inquisitio Haereticae Pravitatis Sanctum Officium) hace referencia a varias instituciones dedicadas a la supresión de la herejía dentro de las distintas confesiones cristianas. Entre ellas, la más conocida es la denominada Inquisición española (1478-1821), ésta no es ni la única ni siquiera la más antigua, únicamente la más conocida y, por qué no decirlo, difamada [no estoy haciendo una defensa de esta institución, sino simplemente aclarando que se le ha atribuido más ferocidad de la que realmente tuvo, que ya fue bastante], pero hubo otras, como la Inquisición portuguesa (1536-1821), la Inquisición romana (1542-1965) y la que es objeto de este artículo, la Inquisición medieval, creada en 1184 para combatir al catarismo.

De todos modos, hay que aclarar que la persecución de cualquier desviación de la ortodoxia es una práctica de la Iglesia desde sus primeros años y, especialmente, desde su consolidación como religión oficial del Imperio Romano. En estos tiempos, la pena habitual por herejía era simplemente la excomunión, considerándose (desde la oficialidad del cristianismo por los emperadores Teodosio y Graciano en el año 380) al hereje como enemigo del Estado. En estos momentos, los castigos físicos eran desaprobados por la Iglesia. Pero todavía estamos muy lejos del nacimiento de la Inquisición.

Para algunos historiadores, los orígenes de la Inquisición se remontan la Córdoba del siglo IX y a una institución califal (llamada mihna) que pretendía controlar cualquier herejía que surgiera en el seno del Islam. Sin embargo, esta teoría actualmente carece de fundamento.

La mayoría de los investigadores adelantan los inicios de la institución hasta el siglo XII, con la aparición de un procedimiento penal inexistente en el Derecho Romano, la inquisitio, que consistía en la posibilidad de realizar una acusación por iniciativa directa de la autoridad, sin necesidad de instancias de parte (es decir, de delaciones o acusaciones por parte de testigos).

La Iglesia desarrolló este instrumento como estrategia de defensa ante la rápida proliferación y difusión de distintas herejías (maniqueísmo, valdismo y, especialmente, el catarismo). Así, la Inquisición medieval fue creada mediante el decreto Ad abolendam (1184) del papa Lucio III (o Luciano III).

A las anteriores disposiciones [...] agregamos el que cualquier arzobispo u obispo, por sí o por su archidiácono o por otras personas honestas e idóneas, una o dos veces al año, inspeccione las parroquias en las que se sospeche que habitan herejes; y allí obligue a tres o más varones de buena fama, o si pareciese necesario a toda la vecindad, a que bajo juramento indiquen al obispo o al archidiácono si conocen allí herejes, o a algunos que celebren reuniones ocultas o se aparten de la vida, las costumbres o el trato común de los fieles.

De este modo, ese mismo año empieza la conocida como Inquisición episcopal, que no dependía de una autoridad central, sino que era administrada por los obispos locales. También es el año de comienzo de una de las prácticas más habituales de la Inquisición: la pena de fuego para castigar a los herejes. Unos años más tarde, en 1199, se añaden nuevas penas (como la confiscación de bienes) y se autoriza la tortura en materia de fe, introduciéndose también varias disposiciones sobre el secreto en las actuaciones (ocultación de testigos...).

Un par de décadas más tarde y a consecuencia de los desmanes cometidos hasta ese momento, en 1231 Gregorio IX transforma el procesamiento inquisitorial en una nueva institución creada en Francia como herramienta de represión del catarismo y controlada directamente por el Sumo Pontífice. Nombrándose además a los primeros inquisidores, como el fraile dominico y excátaro Roberto de Brougre (el primer inquisidor del que se tiene noticias).

Como consecuencia de la implantación del catarismo en el sur de Francia y los valles pirenaicos, será precisamente en esta región donde más apogeo tendrá la Inquisición medieval, especialmente durante la segunda mitad del siglo XIII y hasta las últimas ejecuciones (entre 1319 y 1321).

Más tarde, con la penetración del catarismo en Italia, la Inquisición se introdujo también en Lombardía y Viterbo (donde en 1273 se llegaron a ejecutar a más de 200 herejes en un día). En el siglo XIV sólo Castilla, los reinos latinos de Oriente, Inglaterra y Escandinavia quedaban libres de la institución, habiendo tribunales en Bohemia, Polonia, Portugal, Bosnia, Alemania y Aragón.

Poco a poco, fue aumentando la burocracia, editándose manuales procesales la correcta práctica inquisitorial, entre los que destacan los de Raimundo Peñafort (siglo XIII), Bernardo Gui (Practice Inquisitionis hæreticae pravitatis, siglo XIV; por si alguien lo ha pensado, sí, es el malo de El nombre de la rosa) y Nicolau Eymerich (Directorium inquisitorum, hacia 1376).

Con el tiempo, también fueron ampliándose las categorías culpables de delito, con lo que de perseguir únicamente a los herejes se pasó a vigilar otros delitos: bigamia, blasfemia y brujería, principalmente, siendo ésta última casi una obsesión desde que en 1438 se descubriera la celebración de aquelarres en los Alpes.

Magnífica recreación de un aquelarre surgida del genio
de Francisco de Goya.

En esta Inquisición primigenia el papel de la monarquía fue mucho más pasivo que en la Inquisición moderna, aunque no faltaron momentos de tensión, como el que tuvo lugar entre la Corona de Aragón y la Inquisición a raíz de la prohibición en el siglo XIV por parte del Santo Oficio de las obras de Arnau de Vilanova o de Ramón Llull.
Y, finalmente, en 1478, los Reyes Católicos, ante la unión dinástica que se consolidaría un año más tarde, crearon en Castilla la Inquisición española. Pero esa ya es otra historia...

lunes, 1 de octubre de 2007

EL BOSCO. TRÍPTICO DEL JUICIO FINAL

Bien, no queda a estas alturas más que un solo misterio por resolver en el quiz. Mientras damos tiempo al personal para que agote sus opciones de descubrir la identidad de la última pintura, prosigo con mi idea de comentar brevemente una a una las obras del concurso; empecé con La Virgen y el Niño de Campin y ahora le toca el turno al Juicio Final de El Bosco en Viena.

Teniendo en cuenta quién es el autor del tríptico, se necesitaría un libro entero para dar cuenta de la iconografía que contiene. Procuraré no extenderme demasiado y hacer alusión sólo a ciertas cuestiones esenciales.

Para empezar, el fragmento que se mostraba en el quiz pertenecía al panel exterior derecho del tríptico, es decir, a una de las dos partes visibles del mismo cuando está cerrado; se trata de una grisalla mostrando a San Bavón, famoso por sus obras de misericordia: es por ello que se le representa rodeado de seres marginales, mendigos y tullidos, de quienes se considera protector.

Su correspondiente pareja en el lado izquierdo es un panel representando, también en grisalla, a Santiago el Mayor. Aparece el apóstol como peregrino, constituyendo el paisaje de fondo un catálogo breve de los peligros que siembran el camino (pillajes, ejecuciones, etc.). En la base de cada panel hay dos escudos vacíos.

El tríptico ha sido generalmente identificado como el que le encargó al artista Felipe el Hermoso, duque de Borgoña. La elección de los santos custodios del tríptico se explica así fácilmente: San Bavón por ser el santo más popular en los Países Bajos (patria natal del duque y futuro rey de Castilla) y Santiago, de vinculación claramente española, por el origen de su esposa Juana de Castilla.

El tríptico abierto representa la Creación de Adán y Eva con el Pecado Original, la Expulsión del Paraíso y la Caída de los Ángeles Rebeldes en el panel izquierdo,

el Juicio Final en el central...

... y el Infierno en el panel derecho.

Podríamos considerarlo como la tercera y última obra de una trilogía cuyo tema sería La Humanidad y el Pecado; las dos primeras partes de dicha trilogía serían, en orden cronológico y temático, el Jardín de las Delicias y el Carro de Heno; la secuencia se leería de la siguiente forma: Origen del Pecado en la Primigenia Edad Dorada, el Edén (… el Jardín de las Delicias), su constante presencia en el contexto humano y social de su época (Carro de Heno) y el desenlace con el exterminio del Pecado y el Premio prometido a los Virtuosos (El Juicio Final). Esta hipótesis se desmoronaría en parte si se confirman los últimos análisis dendrocronológicos que sitúan la fecha de ejecución del Carro de Heno en 1516, años más tarde, por tanto, al Juicio Final que nos ocupa, y no en 1502, como se había creído hasta ahora.

El Bosco ha estado en los últimos años en el ojo del huracán de la historia-ficción-especulación. Se ha llegado a decir de él que su pintura es la genial rebeldía de un hereje y que incluye mensajes esotéricos accesibles sólo a los iniciados en no se sabe muy bien qué tipo de sabiduría mística, primigenia y nebulosa. Se le ha relacionado con prácticas de brujería y con la secta de los adamitas y los Hermanos del Espíritu Libre, se ha vislumbrado símbolos alquímicos en su obra e incluso en uno de los paneles que se conserva en Venecia, con el tema de la Ascensión de los Benditos, se ha afirmado que el túnel luminoso que protagoniza la escena es una visión demasiado similar a la que describen sin vacilar aquellos que dicen haber regresado de la muerte.

Se ha psicoanalizado su arte y se ha dicho que sus visiones son fruto de drogas y todo tipo de sustancias psicotrópicas, en cuyo uso nuestro artista estaría versado. Se ha querido ver en ellas la plasmación de pesadillas, visiones y alucinaciones que atormentaban al autor; se las ha querido identificar como frutos maduros de un subconsciente oscuro, sádico e hiperactivo.

Sin embargo, sus composiciones tienen poco de visionarias (al menos en el sentido antes expuesto) y mucho menos de herejías. Lo cierto es que, mientras la concepción de las obras del artista flamenco y los personajes que habitan en ellas son ciertamente extraordinarios e inusuales, no ocurre lo mismo con su temática, que no tiene nada de herética, desde luego. Más bien al contrario, la denuncia del Pecado y los vicios humanos a través de un prisma antropológico, se realiza siempre conforme a la ortodoxia católica. Y las claves de sus pinturas, aunque se han ido perdiendo en el transcurso del tiempo, no son en su mayor parte tan enigmáticas como algunos pretenden: su inspiración proviene de la tradición popular en gran parte; de ahí la abundancia de detalles escatológicos y la inclusión de todos los estamentos sociales (incluida la Iglesia, por supuesto) conformando un tejido vivo y estimulante.

Generalmente, al igual que ocurre en la Divina Comedia de Dante, los condenados, que en el Panel Central del tríptico que nos ocupa cobran un protagonismo insólito en la época (no olvidemos que se trata de un Juicio Final y la Gloria de los Bienaventurados debería ocupar un lugar más destacado), sufren castigos que se corresponden con los pecados que cometieron. Así, la mujer lujuriosa, desnuda sobre una cama roja, es asediada por una extraña lagartija, un ser mitad orgánico mitad instrumento musical (la música era un equivalente de la lujuria en el acervo cultural medieval) y otros entes indescriptibles sobre el tejado del edificio de la izquierda; en la base de ese mismo edificio, el glotón está siendo obligado a ingerir el líquido que sale a chorro de un barril (la fuente de dicho líquido, de aspecto poco tranquilizador, se vislumbra e través de la ventana enrejada); los culpables del pecado de la ira están siendo torturados por una especie de seres-diablo-herreros en las extrañas construcciones-fragua del fondo; asimismo, el simbolismo de algunos instrumentos recurrentes es relativamente sencillo de descifrar, o bien lo fue por sus contemporáneos (así ocurre con el cuchillo, que alude al miembro viril, con la gaita, símbolo de lascivia o con la rana, alusiva a la crueldad, así como el sapo al demonio, etc.).

Quizá una de las aportaciones clave de El Bosco al imaginario universal es la invención de esa miríada de inquietantes seres híbridos que pueblan las escenas de sus pinturas. Seres mitad humanos mitad animales o mitad orgánicos y mitad inorgánicos que nos atraen por su novedad tanto como nos repugnan precisamente por ese carácter metamórfico y ese mundo monstruoso del que provienen que, aunque irreal, se convierte en una terrorífica posibilidad a través de su arte. Es una especie de teratología basada en la combinatoria, pero diseñada no al azar, sino con claros propósitos metafóricos. El hilemorfismo aristotélico y el arraigo de los monstruos en la cultura popular de la edad media están en el origen de este tipo de invenciones.

Pero también en esto se ciñe a la ortodoxia, ya que lo que hace es plasmar de forma efectiva el ejemplo moral del espejo. Efectivamente, aquello que resta de humano en estos seres indescriptibles consigue que nos veamos reflejados en ellos como en una caricatura que nos muestra nuestra parte mezquina, irracional, nuestra naturaleza más brutal, nuestra alma distorsionada. Tomas de Kempis, en su Imitación de Cristo, libro que gozó en aquella época de inmensa fama, propone a Cristo como espejo en el que mirarse para alcanzar la salvación. Estos monstruos híbridos son el reverso fascinante de ese modelo.

También se ha señalado el posible, lejano antecedente de estos monstruosos seres en las invenciones caricaturescas del pintor helenístico Antifilo de Naucratis (el calumniador de Apeles).

Además, hay que señalar la original y consciente voluntad de estilo que sin duda demuestra El Bosco en su carrera al invertir los términos en los que aparecen tradicionalmente los seres monstruosos, habitualmente en los márgenes de manuscritos y mapas, convirtiéndolos en protagonistas absolutos y centrales de su obra. El resultado, impactante sin duda para sus contemporáneos, le aseguraría una clientela de prestigio.

Sin embargo, a pesar de todo lo dicho, El Bosco ha estimulado la imaginación de muchos escritores a lo largo de la historia con resultados, en ocasiones, demasiado fantásticos. Como ejemplo, menciones a su obra en varios tratados sobre ocultismo y magia negra, como el dedicado por Grillot de Givry a la Brujería, la Magia y la Alquimia, en el que se describe el panel central de nuestro tríptico como un aquelarre multitudinario, complementándolo con una interpretación alquimica…