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martes, 4 de diciembre de 2007

JEREMY BENTHAM: UTILITARISTA HASTA EN LA TUMBA.

El filósofo y economista británico Jeremy Bentham (1748-1832) es el padre del utilitarismo, corriente de pensamiento basado en la idea de que el hombre tiene una tendencia hacia el placer y el bien, y contra el dolor y el mal. Fue un trabajador incansable: publicó cerca de un millón de palabras y otro tanto dejó sin editar, fue un radical defensor del vegetarianismo y también inventor del polémico panóptico (o panópticon, cárcel en la cual es posible la vigilancia desde sólo un punto, sin ser visto, y en la que con una mirada que vigile, cada preso la sentiría pesar sobre sí y terminaría por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo).

Sin embargo, una de sus facetas menos conocidas es la de inventor de palabras. Me explico. Cuando no encontraba palabras que describieran exactamente sus pensamientos, inventaba otras nuevas, creando neologismos. De este modo, al parecer, fue el creador del término “internacional”. Y de esta faceta suya, nos interesa un concepto mucho menos exitoso, pero, sin duda, más divertido, el ”autoicono.

Este concepto está relacionado con su idea de ¿por qué enterrar a los difuntos si eso es un despilfarro? Para ello, propuso utilizar los cuerpos muertos para algo más útil (y vistoso) que simple alimento de gusanos. El buen hombre pensó que los cadáveres, correctamente embalsamados, podrían ser empleados como esculturas para colocar en los cruces de caminos, como elemento dentro de los paisajes (incluso desarrollando escenas) o hasta para decorar los hogares (con las cabezas como centros de mesa). Con esta idea también podríamos considerarle el pionero del reciclaje. Y en consonancia con ello, Bentham pasó sus últimos meses de vida trabajando en un ensayo titulado muy ilustrativamente Autoicono, o los usos de los muertos para los vivos, en el que podemos leer cosas como: ‹‹Si un caballero rural tiene hileras de árboles que se extienden hasta su mansión, los autoiconos de su familia pueden alternar con los árboles; un barniz copal protegería el rostro de los efectos de la lluvia››.

Y como Bentham era un hombre de principios y actuaba siempre en consecuencia, lo dejó todo atado y bien atado para asegurar su futuro postmortem. De este modo, siguiendo sus deseos, a los tres días de su fallecimiento, sus amigos se reunieron con doctores y estudiantes de medicina en la Escuela de Anatomía de Webb Street, donde el cuerpo del filósofo, vestido con su camisa de dormir, yacía en la mesa de disección. Allí, su médico pronunció un panegírico y a continuación, diseccionó el cadáver ante los ojos de amigos y médicos. Además de ser un curioso funeral, el acontecimiento fue también un acto de protesta política, ya que en aquella época los únicos cadáveres que se diseccionaban para que practicasen los estudiantes de medicina eran los de criminales ejecutados (pues la disección estaba considerada como un castigo añadido a la pena capital).

Por desgracia para Bentham, sus amigos no cumplieron su último deseo de ser plantado ‹‹en el camino de entrada a la mansión de un caballero rural››. Como ya he dicho antes, el bueno de Jeremy era, ante todo, un hombre de principios. Pero, en lugar de ello, su esqueleto está sentado en el interior de una urna de cristal en un pasillo del University College de Londres (institución de la que fue cofundador y a la que legó todos sus bienes tras su fallecimiento), vestido con su propia ropa y empuñando su bastón de paseo favorito.

La única alteración que sufrió el cuerpo fue decidida por los funcionarios de la institución, que pensaron que la cabeza tenía un aspecto demasiado desagradable después de la disección, por lo que fue sustituida por una reproducción en cera. No obstante, la verdadera cabeza también está allí, pseudomomificada en el interior de una urna y con unos ojos azules de cristal (que, al parecer fueron, elegidos por el propio filósofo años antes de fallecer).

Y allí sigue en la actualidad, dentro de la vitrina para poder ser visitado y de donde es sacado, en ciertos momentos y bajo determinadas condiciones, y trasladado hasta la sala en que se celebran las juntas directivas del University College. En esas ocasiones, se le considera un asistente más: ‹‹Jeremy Bentham, presente pero sin derecho a voto››.

Al final, el único autoicono que Bentham logró que se creara fue él mismo. Irónico, ¿verdad?

DEDICADO [CON AFECTO] AL COMISARIO BORDELLI.